Este es el texto que el poeta José Antonio Jiménez Navarro leyó en la presentación de la traducción del libro de poemas “Y Dios en algún lugar” de Sònia Moll.

Gracias, José Antonio por prestárnoslos para que lo publiquemos aquí:

 

LOS POEMAS DE SÒNIA MOLL

La primera impresión que tenemos al leer los poemas de Sònia Moll es de limpieza. Ella misma ha utilizado en algún lugar una imagen que a mí me parece muy precisa: Los sentimientos y las emociones que maneja el poeta son la ropa sucia y los que nos ofrece el poema es ya la ropa lavada y tendida. Esta sensación de ropa tendida, de ropa tendida al sol, diría yo, la tenemos ante los textos de Sònia.

Otra característica muy próxima a ésta es el hecho de que su escritura fluye con una naturalidad sorprendente. Yo creo que todo buen poeta ejerce un dominio sobre la lengua y la fuerza para conducirla al terreno que le interesa, pero sólo algunos consiguen que ese esfuerzo no se note, que pase desapercibido al lector.

Decía María Zambrano hablando de la poesía de Clara Janés que su palabra emerge del silencio, pero sin romperlo; yo creo que la palabra de Sònia Moll tiene también esta peculiaridad porque sucede sin violencia, sin aparente esfuerzo.

El segundo asunto que quería comentar es el siguiente: en sus poemas o por debajo de sus poemas encontramos lo que podríamos llamar una voz…, y creo que esto es importante porque no todos los poetas tienen o transmiten una voz. Algunos alcanzan una peculiar manera de decir, un estilo, un mundo propio con sus imágenes y sus símbolos, que ya es mucho, pero no una voz, esa sustancia que aparece adherida a las palabras y que nos trae, desde el fondo, noticias del sujeto que habla, no de su peripecia vital sino de su textura humana. Dice Antonio Gamoneda que la poesía no es literatura, es verdad. Yo creo que esto se nota mucho en el caso de Sònia porque ella se implica profundamente e implica toda su biografía, la vida que lleva a sus espaldas, en lo que escribe. Y de ello, y de sus dotes literarias, naturalmente, se deriva que uno se sienta bien al lado de esa voz, porque es una voz que acoge, que acompaña, una voz que viene, por así decirlo, como debe venir toda poesía verdadera, de una hipotética fundación de lo humano.

Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que nos cuente las cosas que queremos oír. De hecho, para mí, I Déu en algún lloc, Y Dios en algún lugar, además de un homenaje a la madre y de muchas otras cosas, es también un viaje de ida y vuelta a los infiernos. La enfermedad que describe el libro y que desconecta del mundo a la madre, no deja de ser un símbolo de la condición de nuestra vida y de nuestra desaparición. Y en el laberinto que también aparece en el libro, no solo están la madre y la hija, sino que estamos todos porque ese laberinto es nuestra existencia, y es inútil buscar una salida: sólo cabe seguir caminando y, despreocupadamente, mirar al cielo de vez en cuando.

Yo creo – y con esto acabo- que en última instancia, el libro de Sònia es un libro sobre la identidad y la fragilidad humanas, y sobre cómo la identidad se sustenta fundamentalmente en el amor, ya sea el amor materno-filial, el amor erótico o el amor a Dios, que son los tres tipos de amor que aparecen en el libro. Las preguntas que, en definitiva, nos formula este libro son, aproximadamente, como las que siguen: ¿Qué somos? ¿Memoria? ¿Emociones? ¿Deseo? ¿De qué estamos hechos? Nuestra sustancia última, ¿no es el amor? Si a través del amor el otro nos dice quienes somos, cuando los puntales de amor que sustentan nuestra vida se desmoronan, cómo podemos mantenernos en pie? ¿Es posible, para librarnos de esa presión de la realidad, un amor sin limitaciones terrestres, un amor en la eternidad?

Y la virtud de este libro, la virtud de Sònia Moll, es transformar toda esta gravedad, toda la angustia que nos transmiten estas preguntas, a través de su escritura serena, equilibrada, limpia, y a través de su voz, que es una voz de compañía, en placer estético y en una sensación de verdad y de encuentro que nos ayuda, aunque sea sólo un poco, a vivir la vida.

José Antonio Jiménez Navarro.

Barcelona, mayo de 2017.